Las extinciones en perspectiva
El destino inexorable de cualquier especie es la extinción. Se estima que 99% de todas las especies que alguna vez habitaron la tierra han desaparecido (Jablonski, 2004). De hecho, a lo largo de la historia de la vida en el planeta ha habido eventos de extinción masiva, como el que acabó con los dinosaurios hace 65 millones de años.
Se ha sugerido que las causas que provocan las extinciones masivas van desde el impacto de grandes meteoritos, desequilibrios ecológicos a nivel global, eventos anómalos de enfriamiento y calentamiento del planeta con duración de entre 20 mil y 100 mil años, y alteraciones en la topografía continental, hasta reducciones drásticas en la productividad primaria global (Solé et al., 2002).
Asimismo, las especies con gran tamaño corporal, dispersión y movimientos limitados, metabolismo lento y baja fecundidad, poseen poblaciones menos numerosas y tienden a recuperarse más lentamente ante reducciones drásticas en su abundancia que aquellas que son de menor tamaño, metabolismo más acelerado y mayor fertilidad. De esta forma, en la naturaleza se tiene un gradiente de vulnerabilidad a la extinción que depende del ámbito ecológico e historia de vida de cada especie.
Bajo el contexto de la evolución, la importancia de los eventos de extinción está en que cuando las especies desaparecen "liberan" una cantidad proporcional de recursos (alimento, espacio), los cuales son utilizados por nuevas formas de vida. Reflejo de ello son los incrementos igualmente espectaculares de la biodiversidad tras cada extinción masiva.
Bajo esta perspectiva, el mismo evento que exterminó a los dinosaurios fue precedido por la diversificación de los mamíferos, abriendo así un canal evolutivo que fue aprovechado por numerosas especies, entre ellas el hombre.
Las extinciones recientes
Desde la aparición de la especie humana, hace no más de 50 mil años, el impacto pernicioso que hemos ejercido sobre los ecosistemas marinos es evidente. La pérdida de hábitat, la introducción de especies exóticas y la sobreexplotación son consideradas como los principales factores antropogénicos que afectan negativamente la biodiversidad en el mar (y en la tierra).
La tesis que aquí se expone es que las extinciones en el mar provocadas por el hombre no solo son mucho más difíciles de evaluar y corroborar que las que suceden en el medio terrestre, sino que también ocurren en menor proporción.
A pesar de la difusión que se le ha dado al tema de la pérdida de biodiversidad en el mar, los trabajos de revisión de extinciones marinas son escasos (Malakoff, 1997; Carlton et al., 1999; Roberts y Hawkins, 1999).
Hace relativamente poco tiempo se publicó un artículo en el que se presenta una lista de 133 especies marinas extintas durante los últimos dos mil años, que incluye mamíferos, aves, peces, invertebrados y algas (Dulvy et al., 2003). Una de las especies que llama particularmente la atención en la lista es el abulón chino Haliotis sorenseni, porque habría representado la primera especie marina extinta por pesca.
Es necesario destacar que los 133 casos de extinción corresponden a 118 especies. La falta de correspondencia entre las dos cifras (se esperaría una relación unívoca) se debe a que la desaparición de una o varias sub-poblaciones de una misma especie (UICN, 2001) también ha sido considerada como extinción; ya sea local, regional o global; dependiendo de la extensión espacial de la pérdida.
Con el fin de evitar las dificultades relacionadas a la definición de cuándo una desaparición es local o regional y manejar una terminología uniforme, la palabra extinción se usará para referir la desaparición global de una especie.
Extinciones marinas recientes
Se ha documentado la extinción de tres mamíferos marinos: la vaca marina de Steller (Hydrodamalis gigas), una especie relacionada con los manatíes que fue cazada hasta su total aniquilación, el visón marino (Mustela macrodon) también explotado hasta que desapareció y la foca monje del Caribe (Monachus tropicalis), cuya pérdida se atribuye tanto a la explotación como a la pérdida del hábitat.
En cuanto a las aves marinas, existen registros de cinco extinciones, todas ocurridas desde hace más de 90 años: el alca imperial (Pinguinus impennis), ave considerada como equivalente al pingüino; el cormorán espectacular (Phalacrocorax perspicillatus), extinto en 1850; el pato de Labrador (Camptorhynchus labradorius), avistado por última vez en 1875; el pato de las Aucklands (Mergus australis), desaparecido en 1902; y el ostrero de las Islas Canarias (Haematopus meadewaldoi) que se extinguió en 1913.
En el caso de los invertebrados, se conoce la extinción de cuatro especies marinas: la lapa (Lottia alveus), desaparecida a causa de una enfermedad que afectó cierto tipo de pasto marino del que dependía por completo. El coral de fuego (Millepora boschmai), exterminado por eventos extremos de calentamiento del agua de. Los caracoles Littoraria flammea y Cerithidea fuscata, fueron vistos por última vez en 1840 y 1935, respectivamente.
En cuanto a las algas marinas, en la literatura se reportan dos extinciones: el alga Vanvoorstia bennettiana, y la toalla turca Gigartina australis.
Extinciones en el mar: mitos y realidades
Por otra parte, todas las especies involucradas poseen atributos que las hacen susceptibles a los cambios tanto antropogénicos como naturales (del Monte-Luna y Lluch-Belda, 2003); algunas son relativamente grandes y tienen poblaciones poco numerosas y poco fecundas, como la vaca marina de Steller y ciertas aves; otras son endémicas, es decir, su distribución geográfica es muy restringida.
Además de la morfología y el ámbito de distribución, existen otros atributos que hacen unas especies más proclives a la extinción que otras. Por ejemplo, las especies costeras frente a las de aguas abiertas o del medio profundo, las bentónicas frente a las planctónicas, las que presentan una gran especialización alimentaria frente a las que son más generalistas (Clark, 1994), las que pertenecen a grupos taxonómicos compuestos por pocas especies en comparación con las que pertenecen a clados (grupo de especies relacionadas) numerosos.
Bajo una perspectiva histórica, se han evidenciado un total de 16 extinciones marinas, en comparación con las más de 580 no marinas (UICN, www.iucnredlist.org); una sucedió a finales del s. XVIII, siete en el s. XIX y ocho en el s. XX. En promedio, en el mar, se han documentado 0,08 extinciones por año durante los últimos 200 años, con tendencia positiva. Si bien sería deseable no haber causado ninguna extinción, las cifras aquí mostradas son desproporcionadas con respecto a la noción pública relacionada a la pérdida de biodiversidad en el mar, entendida como el recorte sistemático de especies.
El bacalao (Gadus morhua) en el Mar del Norte y el atún aleta azul (Thunnus maccoyii) en Japón son típicos ejemplos de recursos sobreexplotados, pero aun así, las poblaciones remanentes se calculan en cerca de un millón y medio millón de individuos, respectivamente (Matsuda et al., 2000), tamaño insuficiente como para hacer rentable una pesquería, pero suficiente como para descartar una extinción. La secuencia "pesquería colapsada - población colapsada - extinción" solo tiene sentido cuando se trata de una especie endémica compuesta por una sola población, ya que la desaparición de esta última automáticamente se traduce en la extinción de la especie
Es fácil entender que una extinción ocurre cuando muere el último de una especie, lo difícil es comprobar que esto haya ocurrido.
Por otra parte, en el caso del alga Vanvoorstia bennettiana, que es un organismo inmóvil, conspicuo y que solo habita en un recoveco dentro de la Bahía de Sydney, se necesitaron casi 50 años de investigación constante antes de que las probabilidades de volver a observarla se redujeran técnicamente a cero. Los problemas aumentan más cuando entran en juego interacciones población-ambiente que pueden causar de manera natural la desaparición temporal de poblaciones enteras hasta por 30 años a lo largo de amplios dominios de su distribución (Lluch-Belda et al., 1992).
Ante esta situación se han propuesto varias soluciones que, de acuerdo a criterios científicos, permiten hacer una selección cuidadosa de los casos que ameritan ser considerados como extinciones, discriminándolos de aquellos que no cumplen dichos criterios. Asimismo, existen técnicas numéricas que usan registros museográficos y datos de avistamientos para calcular fechas probables de extinción y los intervalos de confianza correspondientes. Infortunadamente, dado que estos planteamientos no constituyen una norma, las extinciones pueden ser anunciadas sin haber sido evaluadas con anticipación.
En este caso, cuando la ciencia declara y difunde la extinción o extirpación de especies, como en efecto sucede, la sociedad recibe un mensaje y responde en consecuencia aumentando los fondos para la conservación.
– Se recomienda que antes de que una especie sea considerada extinta, la evidencia que apoya tal declaración sea evaluada con todo el rigor científico, debiéndose cumplir una serie de criterios jerarquizados, producto de un consenso a nivel internacional y propuestos por expertos en la materia. Dichos criterios, a su vez, deben ser constantemente evaluados, validados y actualizados.
– Al declarar de manera prematura la extinción de las especies, se corre el riesgo de debilitar la credibilidad científica, al menos, de la categoría "extinto" de las listas nacionales e internacionales de conservación y pudiera afectar negativamente los propios esfuerzos que se dedican a la conservación.
Bibliografía:
*http://www.scielo.org.ve/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0378-18442008000100016&lang=es
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